In-Mask

El sol cae suave como bomba nuclear a punto de tocar alguna lejana, desolada y miserable tierra. Regalando al pueblo cortas pero hermosas pinceladas rojizas que llenan de esplendor los rincones, pasajes, calles y callejones, que pronto pasarán a transformarse en la pesadilla de aquellos nerviosos condenados a cruzar tan tenebrosos lugares, preparados solo para almas en pena a la espera del castigo de alguna deidad vengativa encargada de la coincidencia. En un parque lleno de árboles secos y grises que luchan contra estos cálidos fulgores, uno de sus inquilinos inamovibles esconde del escáner solar a un ser con técnicas magistrales que aprovecha cada gota de sombra para ocultar su siniestra figura; siniestra no por su atuendo: Pantalón militar, guantes negros, botas negras con ciertos toques rojos y saco verde oscuro. Sino por el rostro de plástico aferrado a su cara, parecido a un parásito gigante que va absorbiendo su cordura, un rostro seguro de imitar a la perfección la forma de algún gladiador romano, o tal vez, un general samurái poseído por el demonio de la guerra. Quien haya sido tan osado de diseñar tal artículo no tenía ni idea de cómo eran los gladiadores o los demonios Oni, pero esos detalles imperfectos lo barnizaban con un aire de fresca originalidad.

Utilizando las habilidades de los cazadores más experimentados, aguarda a la espera de la víctima, relajando cada músculo, tendón y vibración de su cuerpo, siendo uno con el árbol. Su paciencia es recompensada con el regalo de la carne joven. Una hermosa mujer con un desaliñado uniforme de cajera de un supermercado sin importancia, aparece a lo lejos, siguiendo la ruta que la llevará hasta sus garras. El observador calmo y cuidadoso, la ve avanzar de frente a las corrientes de aire que golpean su nívea piel, asomada entre la maltrecha tela. Sus  sigilosos ojos de gato se clavan en un grupo de hojas que parten a toda prisa desde donde él se encuentra, volando hasta la mujer, cruzando con violencia entre las piernas, intentando advertirle con el lenguaje de las caricias sobre el peligro inminente.

La noche llega siendo cómplice del villano, preparando el ambiente perfecto para dar rienda suelta a los retorcidos planes de una mente perturbada, la cual maquina una y otra vez todo lo que puede hacer con la tierna carne de la linda conejita. Ella, sin imaginar que es parte del mundo de una bestia, va a toda prisa, consultando su reloj, preocupada de no llegar tarde al calor del nido. Como si fuera poco, las últimas cuatro personas en el gran parque se esfuman, al igual que fantasmas asustados por el desplegar de amarillentos orbes luminosos en los postes de las calles. Una vez la oscuridad ha ganado la batalla, es hora de actuar. La mujer pasa cerca del árbol que esconde al hombre, pero… Nada, nada en absoluto sucede. Ella continúa su camino con tranquilidad. El enmascarado se cubre con la capucha, y al medir una distancia segura pasa de observador a persecutor. Su presa da vuelta en la esquina dejando atrás el tétrico parque, pero sin saber que el demonio se ha pegado a su andar, siguiéndola con un sigilo tan impresionante que da la sensación de tener almohadillas de gato en las botas.

Una vez dentro, la llave gira perfectamente en la cerradura, los intrincados mecanismos son amables y otorgan un sonido relajante, permitiendo ingresar a la seguridad del nido. La chica entra dejando tras ella toda preocupación de la agitada realidad, sin saber que se ha puesto a sí misma una terrible trampa, porque tanto sus pensamientos como el susurro de la cerradura han ayudado a ahogar el gemido de los arbustos al otro lado de la calle, donde se ha escondido un lobo de ojos rojos, botas negras, pantalón militar, saco verde oscuro, máscara gris y almohadillas de gato. Su vida tal vez pudo ser diferente en una realidad tangente, donde ese sonido hubiera logrado escurrirse hasta sus oídos para avisarle del peligro que la acosa, pero el batir de las alas de la mariposa han decidido, con cada segundo, el desenlace de la noche.

Dentro de los arbustos dos pequeñas canicas inyectadas con sangre flotan en la negrura. Un monstruo con caparazón humano, inmaterial, empieza a dejarse controlar por los celos, el odio y el deseo de hacer daño, generando una lucha interior entre el habilidoso cazador y la bestia más primitiva que haya pisado alguna vez nuestro planeta. Si algún peatón que cruzara cerca lo hubiese visto en ese momento de reojo, podría confirmar con toda confianza, así lo tildaran de maniático, la existencia de los hombres lobo; de que las bestias con forma humanoide son tan reales como los unicornios de moda en los jardines de familias adineradas, creados genéticamente por grandes compañías japonesas. Aunque esta bestia no nació en ningún laboratorio, es engendrada por los deseos exponenciales de venganza de un ser llevado al límite por la agonía del rechazo. Una vez calma sus impulsos, alcanza a sacar del bolsillo derecho del pantalón una foto de la futura victima al lado de un hombre alto y apuesto, ambos sonríen con una felicidad difícil de conseguir en este mundo; donde las relaciones son tan efímeras que están a centímetros de ser solo leyendas urbanas, contadas por los más ancianos, testigos de la trasformación de un mundo agujereado y reforzado con remaches mecánicos. El mar de furia del monstruo se eleva progresivamente al recorrer cada detalle del retrato. Lo guarda dando espacio en su mano para extraer un frío cuchillo con empuñadura amarilla. Los arbustos abren las puertas del infierno dejando al enmascarado atravesar la calle tan rápido que parece flotar y vibrar en altas revoluciones, una vez frente a la puerta introduce con cuidado la punta del arma en la cerradura. La silueta en la solitaria calle da la sensación de que la afilada hoja es una extensión de él, una garra cumpliendo la función de llave maestra, permitiendo el paso al ángel de la muerte en el calor de un inocente hogar.

Una vez dentro las botas pisan las baldosas grises de una en una, pero de repente se ven obligadas a permanecer estáticas, tan quietas que casi podrían confundir al usuario con parte del decorado en el estrecho y largo corredor lleno de cuadros. La respiración se relaja, pero los latidos del corazón confirman su humanidad al irse incrementando mediante ve a la joven pasar de espaldas a él con una toalla, cubriendo su fresco cuerpo. Con el destino como cómplice, junto a la noche, todo minúsculo sonido que él pueda crear con su respiración, pisadas o incluso el corazón es relegado a un segundo plano por culpa de la voz de la mujer, palabras dirigidas a un hombre que responde desde la sala. Ella pasa de largo por el corredor, abre la puerta del baño y allí se pierde completamente de la vista de la estatua, marcando el inicio del segundo acto de la pesada danza de la muerte.

En la acogedora y simple sala que consta de un juego de muebles verde jade, acompañada de una mesa de madera, una lámpara puesta sobre una repisa al lado de la ventana de cortinas verdes, y un gran tapete mimetizado con las baldosas, hay un hombre sin camiseta que ha puesto su toque personal a la decoración del lugar, entre un reducido espacio donde ha quitado parte de la alfombra, hay un mini gimnasio con mancuernas, una gran pesa, botellas de agua y toallas sin usar. Las gotas de sudor caen al piso formando un charco que despliega pequeños riachuelos salados en direcciones arbitrarias. Él levanta la pesa sin detener el ritmo, con el centro de atención en uno de tantos puntos negros del techo, que utiliza para distraer su mente del deseo de rendirse: Uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos, es lo único en su mente, concentrado en las repeticiones, digno de cualquier atleta olímpico.

Las botas entran al territorio del poderoso titán. Uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos. Sin aviso, el perfecto encuadre entre el techo, los brazos y la pesa, tan perfecto que hasta sería posible sacar con facilidad la proporción áurea, es contaminado por una figura externa, desequilibrando tal armonía. El punto negro donde descansa su mirada, se transforma para su horror en oscuras cuencas de plástico con diminutos puntos rojos. Ahora, con el enmascarado sobre él, la única información en su cerebro es el shock inmediato, quedando petrificado al igual que un voluntario de un show de hipnotismo, realizado por una cobra hindú de anteojos y traje de corbata. Antes de poder despegar por inercia la mirada de los ojos de la muerte, recibe dos cortes rápidos, profundos y perfectos en ambas muñecas, desgarrando por completo sus tendones y permitiendo el inevitable descenso de la pesa hacia la frente del hombre, que la recibe como una bola de acero en la desnuda piel de un viejo edificio. La pesa rebota y cae al piso estallando en un estruendo, invocando una lejana voz femenina preocupada por la cerámica de las baldosas.

Todos los asesinos poseen grandes diferencias, son tan únicos en su mentalidad y motivos como planetas hay en el universo, pero siempre comparten un rasgo que forma parte de su sentido básico de supervivencia, y se trata de la paranoia exponencial. Un líquido viscoso que devora lentamente el interior hasta llenar cada orificio de confianza, impidiendo el escape de errores imperdonables. Es por esta paranoia tan marcada que la garra de metal empieza el ascenso por inercia, encajándose en la garganta, corazón, estómago y partes sexuales de la víctima, repitiendo el patrón de puñaladas cinco veces más, con tanta velocidad que parece estar jugando a “Golpea el topo” en la galería de video juegos más famosa del pueblo. El hombre se levanta para dirigirse a la repisa que sostiene la lámpara, dejando que la sangre vaya robando con paciencia protagonismo al charco de sudor. Una vez allí, toma un retrato con la misma foto que descansa en su bolsillo. La hermosa chica y el apuesto joven sonríen. El marco cae al suelo recibiendo la pesada bota negra, al retirarla las grietas del vidrio deforman la silueta de la pareja. Saca la foto del pantalón y la arruga para tirarla junto a su gemela.

Entre el opaco vidrio del baño y el vapor de la ducha la gloriosa figura se deforma en movimientos aleatorios mientras ejecuta el sagrado ritual de limpieza. El pomo redondo, dorado y frío del portal al mundo de la joven, a su espacio personal, gira con lentitud. La puerta, una cómplice más, se lamenta con suavidad mientras va dando paso al rostro de plástico con cuerpo humano. El sonido de la ducha en primer plano impide que la puerta acuse al invitado no deseado. El cuchillo de frente, seguido del cazador que ha domado a la bestia. El acero impregnado con el color y el olor de la sangre se eleva hasta casi tocar el techo. Pero la llave se cierra de golpe dejando todo en silencio, ella abre la puerta corrediza del baño, quedando desnuda frente a él, pasando de ser una conejita a un cerdo rosa limón, listo para recibir la puñalada de gracia en el costado. Por suerte el shock no la petrifica como a su difunto novio, todo lo contrario, la obliga a reaccionar y en vez de gritar, actúa. La toalla vuela hasta el intruso cubriéndole la cabeza y parte del cuerpo. El cuchillo se balancea de un lado a otro como una avispa aturdida por un golpe, que busca con desespero picar a su agresor. La hoja consigue lamer el flanco derecho del abdomen de la mujer al intentar rodearlo para salir, la herida es larga y escandalosa, la sangre chorrea hasta la pierna. Una vez fuera del baño cree estar a salvo, pero debido a un efecto óptico por el miedo que invade su cuerpo, ve el corredor alargarse, en un camino interminable donde la puerta principal está a la misma distancia de la tierra a la luna. La joven se marea un poco, sintiendo como sus fuerzas la van dejando. Irónicamente la mano del asesino la toma por el cuello sirviendo de conducto para que sus energías regresen, otorgándole la fuerza suficiente para soltarse y correr al lado contrario, directo a su dormitorio. El monstruo sale resoplando, con la toalla en la mano, la cual tira con tal fuerza que rompe el vidrio de la ducha. Ella corre con el hombre de dos metros quieto a sus espaldas, como un agujero negro que la va absorbiendo con su poderosa fuerza de gravedad. Cuando logra llegar hasta el cuarto tira la puerta de un brusco movimiento, la cama frente a ella la recibe al no poder frenar, cayendo de cara a las sábanas, pero se recompone rápidamente y gira su cabeza encontrándose de frente con el horror, el rostro de porcelana de una hermosa joven de piel blanca, pasa a ser el de un espectro que mora en lagos de ácido. La puerta se abre tranquila, con un leve pero molesto chillido que retumba en sus oídos, dando la oportunidad perfecta para que la estrella fugaz salga disparada dejando una estela de su propio fantasma. El metro y medio que la separa de la entrada también se aleja en su mente, pero al tener más opción corre a toda velocidad. Cuando por fin logra llegar empuja fuerte con ambos brazos para cerrarla, la carne del cuerpo desnudo vibra de nervioso estremecimiento. Su atacante se estrella en la madera, ahora transformado en un meteorito destructor de mundos. El instinto de supervivencia inyecta en ella la fuerza necesaria multiplicada por dos, obligando a sus flacuchos brazos a detener el paso de la muerte por algunos segundos. La mano del asesino pasa a través de la ranura, agitando el cuchillo y haciendo que el aguijón de avispa vuelva a ser una amenaza. Uno de los latigazos roza el brazo, cortándolo como mantequilla. Ella retrocede dando tumbos y cubriendo la herida. Cae de espaldas y la cama la recibe de nuevo. De par en par se abre la puerta dando paso a las alas del ángel que se acerca ligero, analizando cada rincón de la habitación. La mujer grita y se retuerce utilizando de proyectil cualquier objeto que toman sus temblorosas manos. Cuando se acaban las municiones él la agarra por el cuello y la levanta clavando las uñas en la tráquea. La joven pasa de retorcerse a tener fuertes espasmos, el oxígeno poco a poco deja de llegar al cerebro. Antes de dormir por siempre el enmascarado la apuñala, una tras otra, una tras otra, uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos, hasta alcanzar las cincuenta y cuatro repeticiones. La mano se abre dejando que el cuerpo se desplome en la cama, leves contracciones del pecho se van apagando. Una vez asimila el final de su travesía, el hombre levanta la cabeza hacia el techo, estirando el cuello, obligando a las venas a brotarse. Toma una gran calada de aire puro y sale del cuarto, cerrando con cuidado. Las contracciones del pecho de la mujer se detienen de repente, y así como inició sin trascendencia en esta historia, ella muere sin que a nadie le importe.

Una vez dentro de su propia casa su andar se vuelve pesado y torpe, deja caer los brazos asemejando cada vez más la figura de un zombie sin alma. Su marcha espectral lo lleva hasta la cocina cruzando la sala, mientras avanza el ambiente se va llenando con el sonido de computadores, luces intermitentes y paquetes de botanas. Se detiene frente a una mujer de cabello negro con rojo y dos coletas a cada lado de la cabeza, blusa negra, chaleco rojo, falda, medias veladas negras y tenis Converse. En ambos brazos y el cuello tiene incrustado puertos USB conectados a cables negros con cinta roja. Sus ojos están cubiertos por grandes gafas de realidad virtual enlazadas a dos computadores, que imitan en el interior un sonido parecido a un auto de carreras en la pista. La chica se para para recibirlo, se pone frente a él. Lo mira fijamente e inclina la cabeza como un gato que observa algún espanto en la esquina del cuarto, el hombre la imita con una sincronía perfecta. Ella coloca su mano adornada con cicatrices en las gafas para retirarlas, al igual que él lo hace con la máscara. La conexión que comparten se pierde y deja de ver a través de sus ojos, él se desploma en el piso en un sueño apacible. La máscara se desliza hasta los pies de su dueña. Cuando la mira aprecia con amor su brillante interior, toda una ciudad llena de pequeñas agujas, chips y luces intermitentes con algunos trozos de carne incrustados.

Después de apagar los computadores, limpiar la casa de pruebas que puedan revelar su estadía y guardar sus pertenencias en el maletín, la mujer toma al pesado sujeto arrastrándolo con dificultad hasta el sofá de la sala, allí lo deja caer para que siga descansando y soñando con una realidad mejor de la que vivirá en los próximos años. Del chaleco saca un pañuelo negro con calaveritas bordadas en él. Toma el cuchillo del saco del hombre y lo esconde atrás del sofá en un lugar casi imposible de alcanzar, organizando las piezas donde pertenecen, creando ambiente. Quema el pañuelo y sale de la casa. Una vez fuera se detiene por unos instantes para buscar algo entre sus bolsillos; una foto con dos hermosas jóvenes abrazadas tan fuerte que sus átomos se han fusionado para siempre. Los rostros allí retratados sonríen con una felicidad que no se consigue fácilmente en este mundo, donde las relaciones son tan efímeras que están a centímetros de ser solo leyendas urbanas, contadas únicamente por los más ancianos que vieron la trasformación de un mundo agujereado, reforzado con remaches mecánicos.

La mirada de odio se va transformando en tristeza, y sin dar cuartel dos lágrimas caen bordeando sus mejillas, desapareciendo una en el aire, y la otra encontrando su final en el cemento húmedo por el rocío de la mañana. La flama del encendedor devora todo rastro de conexión y sentimiento que genera el retrato, el cual se va transformando progresivamente en cenizas. Sin perder más tiempo se acomoda el maletín en la espalda y toma una fuerte bocanada de aire puro, llenando sus pulmones con la tranquilidad de un nuevo día, obteniendo las fuerzas necesarias para seguir su camino, alejándose cada vez más, perdiéndose en el horizonte, donde los primeros rayos de un inocente, que no puede atestiguar todas las atrocidades de la noche, empiezan a cubrir el pueblo con su brillantes,  limpiando el terror de las calles.

FIN.

Por: Diego Pamplona.

Si deseas compartir este post en tus redes sociales por favor dar los respectivos créditos a Diego Pamplona y Tokyo Elephant Films. Muchas gracias.

 

2 thoughts on “In-Mask

  1. Me encantó. Me gusta como describe los ambientes, los escenarios, los personajes y las situaciones, es muy visual. La historia lo envuelve a uno desde el principio, tiene muy buen suspenso. Las metáforas y los simbolismos son los mejores! Quisiera leer más de estos cuentos. Felicitaciones.

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